Nunca es bonito, ni siquiera agradable, mucho menos algo relajante el hacer trámites burocráticos. Vamos, no son algo que ayude a abrir los ojos más rápido cuando suena el despertador. El único incentivo existente es para arreglarte un poco más, las dosis de comodidad o de informalidad que te acompañan siempre te las quitas, un poco de todo eso puede ser mucho en los prejuicios de un burocrático, de un agente de extranjería, o de un simple guardia de entrada. Mejor prevenir.
Rasurado, peinado, paraguas, abrigo, y los zapatos de lluvia, esos que no tienen que ser formales, que funcionan bajo la lluvia y punto. Todo esto sin olvidarte de todos los papeles que, además de estar por fin en orden, dabas por hecho tenerlos y por lo tanto habías ido dejando en diferentes puntos de tu habitación como huevos escondidos en el jardín en días de pascua. Ahora sí, listo, a la calle que hay camino por hacer.
Más paradas de metro que cualquier otro día, más páginas leídas que de costumbre en un solo vagón, incluso tienes tiempo de ver si vas en la dirección correcta. Y llegas. Estación al aire libre, tus primeros pasos en nuevas direcciones, calles de las que sólo has oído hablar y, ahora que las conoces, agradeces no haber tenido el honor de haberlo hecho cuando buscabas dónde vivir. Aquí se vive en un silencio de las afueras, las cercanías, el no centro, no tu barrio, no la vida de turistas, citadinos y estudiantes, sino esta vida de nubladas rutinas cotidianas, de ir y venir al mismo lugar. Mientras te ubicas, oyes un montón de acentos e idiomas con paraguas y en familia, corriendo por la misma acera que tú, y tú piensas voy bien, voy bien, no estaba tan perdido.
Fila uno bajo la lluvia, y tú consigues seguir leyendo tu libro para matar el tiempo, para irte a otra historia que no sea ésta de estar haciendo trámites de alienígena cruzando fronteras, de persona no formal disfrazado de formal, de mexicano tras unas filipinas y delante de ecuatorianos. Fila dos bajo techo, aquí no es, es allá arriba, la fila del redondel. Gracias. Fila tres y aquí tampoco es, estudiantes es en este lugar y en este teléfono. Gracias (nuevamente).
Lluvia. El mismo camino como hormiguero de acentos e idiomas pero de regreso. Un canto de “empanadas, empanadas, empanadas, café con leche, café solo” llama tu atención porque parece ser tu acento, pero seguramente -te dices- es el tuyo justo aquí pero irónicamente sin papeles, sin paraguas, bajo ese techo de parada de bus y con la caja de empanadas, café solo, y con leche. Tú sigues, pensando en la rara sensación de ser dignamente sumiso o educadamente seguro, de ese ambiente de extraño que no se vive nunca en el aeropuerto, porque ahí es buenos días, sello de entrada, y tómate todas las fotos que quieras y feliz regreso, pero ahora no, ahora es permiso para seguir, para poder continuar con tus planes, permiso por favor y muchas gracias, hasta luego. Y buscar una nueva dirección.
Dirección nueva: pasas, regresas, te vuelves a pasar, mejor preguntas de una vez, y vuelve a pasar lo mismo. La policía debe saber mejor. Mientras, la dirección que buscas seguramente se caga de risa por verte pasar tantas veces a su puerta y tú papando moscas, pero al fin llegas. Y que no, que sí es aquí pero no ahora, que primero a este número y luego aparezcas en otra fecha, y que te olvides de lo demás. Por último, ya por costumbre y como juego personal, otro muchas gracias y hasta luego (sic).
En fin, que la lluvia va y viene, como tú, pero el frío sigue igual, como tu trámite, no más y tampoco menos. En el mapa de la esquina descubres poder caminar a casa, un camino al fin disfrutable, con el libro guardado y los ojos en el paisaje, en lo nubladamente disfrutable de tener un resultado, mínimo, pero un resultado. De premio, unos churros, de recompensa un empache que pide a gritos un té caliente. Al llegar a casa es lo primero que te haces. Y te dejas de trapos, tiras ropa, te quitas los zapatos y planeas tu día, ahora sí tu día, no el día de trámites. Total, acaba de pasar medio día apenas.